En mi trabajo como rabino, yo estoy al tanto de muchas situaciones, y a menudo me informan sobre las circunstancias incómodas que se producen entre huéspedes y anfitriones en la mesa de Shabat. Por ejemplo, un miembro de la congregación —que acababa de invitar a una pareja para la seudá del viernes por la noche— me preguntó: “¿Cómo se debe lidiar con los huéspedes que nunca se van de tu casa? Una pareja vino para la seudá del viernes por la noche e incluso después de que habíamos servido el postre, una taza de té y luego más té, ¡continuaron charlando hasta después de la medianoche! La pareja no se quería ir. ¡Incluso después de que el reloj de Shabat se había apagado y estábamos a oscuras ellos seguían ahí!”.

A veces es lo contrario, y son los invitados los que se sorprenden por las actitudes de sus anfitriones. Un “invitado” me informó sobre cómo él y su esposa fueron invitados para la comida de Shabat y después de kidush, hamotzí y una pequeña taza de fruta, el anfitrión anunció: “Estamos tan cansados que por lo general, en este punto de la seudá, recitamos birkat hamazón y nos vamos a dormir… así que, si no te importa por favor, pásame un birkón”. El anfitrión incluso le preguntó retóricamente al invitado: “¿Quién puede comer a esta ahora?”. El huésped (y debo confesar que, en realidad ese huésped era yo) estuvo a punto de responder: “¿Quieres ver cómo puedo seguir comiendo sin ningún problema?”.

Por lo tanto, con la esperanza de restaurar una poco la serenidad en los hogares judíos y aliviar las incomodidades, les presento una lista muy poco científica y totalmente personal sobre las cosas que debemos hacer y no hacer para ser considerados “buenos invitados”.

1. Sin duda, es apropiado —y generalmente apreciado— que el invitado venga preparado para la comida con un pequeño y corto dvar Torá; sin embargo, ¡nunca hables más de 120 segundos! A menos que te pidan explícitamente o conozcas muy bien a la familia, la mayoría de los anfitriones y sus familias no tienen la paciencia necesaria para que tú domines la mesa de Shabat con un largo sermón o un extenso pilpul halájico sobre la parashá.

2. Nunca, repito, nunca debes interferir en la forma en que el anfitrión/anfitriona interactúa con sus hijos (a menos jas veshalom que sea una cuestión de pikúaj néfesh). Tu trabajo como invitado es sentarte y disfrutar de la comida. Es altamente inadecuado —y francamente erróneo— decirle a tu anfitrión cuando su hijo le está pidiendo permiso para dejar la mesa, “Hey, Yánkele, no seas tan estricto, deja que tu hijo vaya a jugar a su cuarto”. Nunca debes expresar comentarios de este tipo a tu anfitrión.

3. Del mismo modo, nunca aportes tu ‘granito de arena’ y tomes partido en cualquier argumento o discusión que se produzca entre el anfitrión y la anfitriona (marido y esposa). Se me ha informado en más de una ocasión sobre cómo un invitado vociferó en medio de la seudá de Shabat para que todos lo oyeran: “¡Yánkele, tu esposa tiene razón esta vez y deberías hacerle caso!”. Incluso si estás en lo correcto, no tienes derecho a interferir en los asuntos privados entre un esposo y una esposa cuando eres simplemente un invitado en su mesa. Las ramificaciones de shalom bait en este contexto pueden ser muy graves.

4. “Si te percatas de algo, NO NECESARIAMENTE debes decir algo”. Si notas que tal vez un vaso no está tan limpio como debería estar, o tal vez la comida necesita un poco más de sal, nunca lo anuncies en voz alta en la mesa, “Hey, mi vaso está sucio, ¿pueden darme uno nuevo?”. Tú no te imaginas cómo esta declaración, aparentemente inocua, puede tener repercusiones enormes de shalom bait más adelante. Cuanto menos hables sobre las cosas que parecen fuera de lugar, mejor.

5. Come lo que te sirvan y di ‘gracias’. Una mujer me contó una vez cómo se había quedado hasta tarde preparando un elaborado postre, y cómo estaba muy orgullosa de ello. Al día siguiente en la comida, una de las invitadas dijo: “Oh, yo estoy a dieta, ¿te importaría si en vez de tu postre tan sólo me das una manzana?”. A pesar de que la invitada no pretendía hacer daño con su comentario, causó una reacción en cadena y todas las otras mujeres optaron por no comer el delicioso postre y eligieron en vez una manzana. No hace falta decir que la anfitriona quedó muy afectada por cómo se dieron las cosas, ya que al final, nadie probó su postre. Si bien no tiene que comer obligadamente algo que no quieres, es mejor no pedir un sustituto.

Recuerda, si no estás seguro sobre algo que quieres decir, o no sabes si tu comentario o crítica es apropiada o fuera de lugar, lo mejor es: “En caso de duda, abstente”. Si aprendes esta destreza y te abstienes de decir comentarios hirientes o no a lugar, lo más probable es que te consideren un “buen invitado” y de esta manera te inviten nuevamente.

 

 

 

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