Extraido de AishLatino.com

Escrito por Rav Aarón Lopiansky

El pilar de la judería de Torá, Rav Yosef Shalom Elyashiv, falleció ayer a la edad de 102 años. Hasta hace unos meses atrás él todavía estaba activo. Él era la autoridad – reconocida internacionalmente – en ley judía, e indiscutido líder de la comunidad de Torá no jasídica.

De las muchas y grandiosas personalidades judías de la última era, él es probablemente la más difícil y enigmática de describir para cualquiera que no sea un activo erudito de Torá de la vieja escuela. A nosotros nos resulta fácil entender que los actos de bondad y empatía son actos de espiritualidad, pero el concepto del estudio de Torá por sí mismo y la persona que representa esas cualidades son algo que simplemente no puede ser entendido por alguien que nunca lo ha experimentado, o al menos visto.

Cuando llegué a Israel en 1970, Rav Elyashiv aún era muy accesible. Vivió (hasta el día de su muerte) en un pequeño departamento de dos dormitorios cerca de la calle Mea Shearim. Él estudiaba en una recluida sinagoga cerca de ahí. La puerta usualmente estaba cerrada, pero si uno se ponía en puntillas, se lo podía ver por una ventana estudiando hora tras hora. Se balanceaba suavemente, leía las palabras clara y calmadamente, y razonaba en voz alta. Estaba enfocado, y abstraído de lo que pasaba afuera. Había horas regulares para que el público entrara y presentara preguntas y problemas. Una vez al día daba una clase en una sinagoga cercana.

Maimónides escribe en su Guía para los Perplejos que si bien es cierto que se nos incita a emular a Dios en nuestras acciones – es decir, así como Él es bondadoso y piadoso, así también nosotros tenemos que ser bondadosos y piadosos – es más importante emular a Dios en la “causa” de Su bondad. Así como la bondad y benevolencia divinas están dirigidas por Su sabiduría y por Su determinación de cuál es el curso de acción correcto, la perfección en el hombre también significa actuar en base a sabiduría y verdad, y no en base a pasión y sentimiento.

Rav Elyashiv era la personificación de esta noble forma de emular a Dios. Era primero y principalmente un hombre racional y un estudioso. No era extraordinariamente brillante por naturaleza, pero su intenso amor por la verdad y el estudio emanaban de lo más profundo de su ser. Siempre estaba calmo, enfocado y analizando las situaciones. Sólo después de atravesar un cuidadoso proceso de juicio y determinación de la verdad, permitía que una inflexión emocional ingresara en su respuesta.

Hacerle una pregunta era una profunda experiencia en la búsqueda de la verdad. Él escuchaba enfocado y analizando. No mostraba impaciencia, pero su presencia no incitaba una charla banal. Con unos pocos comentarios eliminaba los puntos no importantes de la narrativa y descubría los puntos que no habían sido presentados. Pensaba por un momento o dos, y la respuesta era breve y precisa, sin faltar ninguna palabra, pero no con una verborragia excesiva.
En ocasiones una persona trataba de refutar – quizás puede ser así, o de esta otra manera – especialmente si la decisión representaba una dificultad para él. Rav Elyashiv abría sus manos como preguntando: “Pero dos más dos sigue siendo cuatro, ¿no?”. Podías sentir cómo tus argumentos desaparecían.

Un amigo brillante una vez le presentó un argumento talmúdico. Rav Elyashiv escuchó, y comentó: “Brillante, pero sabes que el texto no se refiere a eso, ¿verdad?”.

Sus clases y sus responsas no se destacaban particularmente por sus brillantes luces, sus complicadas explicaciones o sus voluminosas citas. Usualmente eran “la línea más recta para unir dos puntos”. Cuando uno las estudia, es inevitable sentirse confundido por lo obvias que parecen. Todo lo que escribió personalmente fue claro, conciso y desprovisto de cualquier interdicción personal.

 

No le gustaban las cosas elucubradas ni pretensiosas.

 

No le gustaban las cosas elucubradas ni pretensiosas. Una vez le pregunté sobre adoptar una jumra (severidad halájica) particularmente popular. Me respondió suavemente: “¿Acaso no es suficiente cumplir con la ley al pie de la letra?”.
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Una vez le pregunté sobre una obligación en particular que nuestra comunidad deseaba asumir por piedad, pero que podría impactar a algunas personas de manera negativa. Contestó: “La piedad que impacta a la gente de manera negativa es altamente sospechosa”.

Era totalmente apolítico, a pesar de haber sido descrito contrariamente. Por político me refiero a “el fin justifica los medios”. En política, uno alaba algo en lo que no cree mucho para obtener un beneficio más importante en el que sí cree fervientemente. Uno toma posiciones por lealtad, no por convicción, hablando en hipérbole para obtener la aprobación popular.

Rav Elyashiv miraba cada punto tal como era y opinaba acordemente. En videos de él encontrándose con personas con las que en general concordaba, no se lo ve brindando instantáneamente una avalancha de aprobación. Asentía en los puntos en los que estaba de acuerdo y se encogía de hombros ante lo que consideraba cuestionable, más allá de lo apasionada que fuera la presentación. Fue en ocasiones castigado por “la derecha” (por ejemplo, cuando fue parte del rabinato oficial, o cuando dio su aprobación a cierto método halájicamente aceptable para construir una ruta en un cementerio), y muchas veces por “la izquierda”. No sólo no le perturbaba, no le interesaba en lo más mínimo. La opinión pública no determina lo que es correcto o incorrecto.

Nunca dio un discurso en público. No entendía por qué hacía falta palabras para decirle a la gente que hicieran lo correcto y que evitaran hacer lo incorrecto. Lo correcto es correcto, y lo incorrecto es incorrecto.

No le gustaba aparecer en eventos públicos. Aborrecía el tumulto de los eventos, y el precioso tiempo desperdiciado a costa del estudio de Torá era imperdonable.

 

Era la personificación de la pura y simple verdad y de la tranquilidad.

 

El Jazon Ish, grandioso erudito de Torá, una vez escribió palabras sobre sí mismo que describen muy bien a Rav Elyashiv. Un tema estaba agitando a la comunidad religiosa en Israel, y una carta apasionada le pedía al Jazon Ish que se involucrara en alguna protesta. Él contestó: “El corazón de cada judío de Torá resuena con la emoción que han expresado tan apasionadamente. Pero para mí, habiendo pasado toda la vida estudiando fuertemente Torá bajo las más difíciles circunstancias, me he acostumbrado a sopesar mis acciones con la balanza de mi mente (en lugar de las pasiones de mi corazón) y no puedo unirme a ustedes”.

La persona malvada es descrita como “rabiosa como el mar”, mientras que los rectos saben de paz y tranquilidad. Todo el tiempo que las acciones de una persona estén determinadas por indómitos impulsos y pasiones, por sentimientos impulsivos y emoción, no podrá tener tranquilidad. Pero el recto, que sopesa sus acciones con la balanza de la verdad y la razón, y no se permite ser influenciado por el deseo personal, él es el tranquilo y feliz tzadik.

El nombre de Rav Elyashiv era “Yosef Shalom”, que significa literalmente “aumento de paz/tranquilidad”. Cuando uno lo veía caminando por la calle sentía inmediatamente la presencia de grandeza. Alto y delgado, caminando recto – pero no por una sensación de importancia o arrogancia – con la frente arrugada por sus pensamientos, procediendo con calma pero diligentemente a su destino, sin permitir que su vista vagara.

Hablar con él te permitía, por un breve momento, compartir una sensación de pura y simple verdad, de calma y tranquilidad que es la porción de estos hombres de desnuda verdad.

 

Extraido de AishLatino.com

 

 

 

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