No hay palabras que se puedan decir. No hay palabras que puedan consolar. No hay palabras que pueden aliviar el dolor. El corazón está profundamente adolorido, los ojos están llenos de lágrimas y todo el cuerpo está entumecido.

Mientras dormíamos profundamente en nuestras camas la noche del viernes, un Beit HaMikdash ardía en Flatbush. Un santo Mishkán donde residía la Shejiná estaba envuelto en llamas.

Esta vez, Su ira no consumió sólo madera y piedras; esta vez se consumió el Santo de los Santos. No hay nejamá, no hay consuelo.

Siete preciosos, queridos y sagrados niños judíos fueron tomados de nosotros este pasado viernes por la noche.

Siete neshamot subieron a Su trono, subieron envueltos en las llamas de Shabat.

Ayer, mientras trataba de conciliar el sueño, estos “sacrificios” invadían mi mente y no me permitían dormir. Durante la noche, semi-consciente, el pensamiento de los siete pequeños no me dejaba en paz, impidiéndome reposar o dormir. Por supuesto, hay lecciones que tienen y que deben ser aprendidas.

Revisa tu casa hoy para asegurarte de que cada habitación tiene un detector de humo. De hecho, antes de hacer cualquier otra preparación de Pesaj, hoy, lo primero que debe hacer es comprobar los detectores de humo.

Tenemos la obligación de estar atentos y cuidar de nuestras familias. Hazlo hoy como un zejut (mérito) para la elevación del alma de estos santos sacrificios y una refuá shelemá para la madre y la hermana sobreviviente. ¡Hazlo hoy! Sin embargo, eso no removerá el dolor; no disminuirá la agonía y no traerá de vuelta a los niños. Siete almas preciosas, siete preciosos niños que ya no están entre nosotros.

Hashem derramó su ira este pasado Shabat sobre nuestro tesoro más preciado y precioso. Tenemos que hacer un balance personal y ver qué podemos hacer para mejorar. Debemos tratar de unirnos y crecer juntos.

En este momento, sin embargo, existe sólo una emoción posible: tristeza total y absoluta. Es una tristeza que —como las llamas que consumieron la casa— consume todo nuestro ser.

Lloramos por nuestros niños que se han ido.

Lloramos por una madre y un padre que de alguna manera deben seguir adelante. Y lloramos por nosotros mismos, por el hecho que esto nos haya ocurrido. No hay nada más que decir, excepto que, por favor, abracen a sus hijos hoy. Abrácenlos fuerte y díganles lo mucho que significan para ustedes y cuánto los aman. Y si no tienes hijos, date un abrazo a ti mismo y recuerda que tú también eres un amado hijo de Hashem.

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